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viernes, 16 de noviembre de 2012

Una copa es demasiado y cien no son suficientes



Cuando una persona ha desarrollado la enfermedad adictiva, tambien llamada alcoholismo, se encuentra muchas veces frente al hecho de que ha perdido la capacidad de mantener su consumo de alcohol dentro de unos límites razonables de moderación.

Esta es precisamente una de las características esenciales de la adicción, la dificultad creciente de parar de beber una vez que se ha empezado.

El sujeto se da una razón más o menos "justificada" para tomar ese primer trago:

Es un evento social ...

Todo el mundo bebe ...

Solo voy a tomar una y me marcho en seguida a casa ...

He tenido un día horrible y necesito un trago para calmarme ...

Pero después del primero empieza a sentir un deseo creciente de tomar otro, y cuando lo hace, de seguir con otro más ... y así hasta la "penúltima", porque ya sabemos que a la última no llegamos nunca.

A veces solo para uno de beber cuando ya no puede más, cuando físicamente es incapaz de seguir tomando.

Cuando una persona adicta consigue liberarse por fin de su dependencia y dejar de beber, debe de tener clarísimo que su problema solo desaparece si se mantiene sin beber. No es cuestión de más o menos cantidad. Es cuestión de no beber nada.

Una copa es demasiado, porque rompe la abstinencia, porque uno no puede seguir considerándose a si mismo como abstemio si se ha tomado ya una copa, y esa contradicción desencadena una cadena de justificaciones y falsas excusas que motivan a una segunda, y una tercera...

Entonces es cuando el efecto químico del alcohol activa ciertos mecanismos cerebrales que aumentan aún más el deseo de beber y llevan al consumo repetitivo y a veces compulsivo. Ahí es donde se ve que cien copas no son suficientes, porque una vez que la bola de nieve se pone a rodar ya no hay quién la pare. Hasta que estalla al tropezar con un árbol.


Bernardo Ruiz Victoria
Psicólogo Clínico
www.programavictoria.com

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