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lunes, 19 de noviembre de 2012

Aceptación



Una de las cosas más difíciles para un adicto es aceptar su condición de tal, es decir, que padece una enfermedad que afecta a su capacidad de comportarse con libertad en el momento en que empieza a consumir alcohol, o cualquier otra substancia adictiva.

En un primer momento esta falta de reconocimiento de la realidad de las cosas lleva a muchas personas a demorar durante años la decisión de buscar ayuda profesional y ponerse en tratamiento. Con lo que su problema va empeorando progresivamente llegando a veces a consecuencias irreversibles.

Lo que una persona inteligente hace si detecta síntomas que podrían indicar que padece un cáncer, o una infección, o cualquier otra enfermedad, es acudir enseguida al médico, hacerse las pruebas que sean necesarias y tomar las medidas terapéuticas que se le recomienden.

En cambio, en el mundo del alcoholismo, o de las adicciones en general, las cosas suceden al revés. En primer lugar no identificamos los síntomas de adicción como lo que son, sino que buscamos otras explicaciones o justificaciones para lo que nos sucede, y tendemos a verlo como algo normal, y no como un hecho patológico que debemos hacer algo para corregir.

Pero hay otra falta de aceptación muy grave, que es la que conduce muchas veces a las recaídas, una vez que uno ha dejado de beber y se siente bien.

Como no terminamos de aceptar el hecho de que, por ser adictos no podemos llevar una vida normal a menos que estemos sin beber, al pasar el tiempo empezamos a pensar que, ya que estamos bien, podemos volver a beber un poco, eso si, moderadamente.

Con esa excusa, muchas personas empiezan a beber y terminan de nuevo en la espiral de la adicción y vuelven a sufrir lo mismo o más que cuando decidieron por primera vez dejar el alcohol atrás.

En lugar de estar contentos por habernos liberado de la adicción, empezamos a pensar que somos unos bichos raros por no beber, y a buscar motivos, siempre falsos, para justificarnos una vuelta al consumo. Después los problemas vienen solos.

Si una persona miope, que ve bien gracias a las gafas que lleva, dijera un día que no se las va a poner para conducir, porque como ya lleva un tiempo viendo bien, no las necesita, pensaríamos que se ha vuelto loca de repente. Porque, evidentemente, la miopía no se cura por el hecho de llevar gafas, se corrige cuando uno las lleva puestas, pero si se las quita sigue siendo tan miope como al principio.

Un adicto que no bebe, y que no consume otras drogas, está bien, como cualquier otra persona no adicta. Pero la adicción no se ha curado, simplemente se ha desactivado por el hecho de mantener la abstinencia. Lo mismo que el miope ve bien gracias a llevar sus gafas, el adicto que no bebe está bien gracias a que ha dejado el alcohol.

Por eso es absurdo pensar que, por mucho tiempo que lleve uno sobrio, va a poder beber un poco sin riesgo de descontrolarse antes o después.

Esta es otra de las trampas de la mente adictiva que tenemos que aprender a superar.


Bernardo Ruiz Victoria
Psicólogo Clínico
www.programavictoria.com

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