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lunes, 3 de diciembre de 2012

Días sin huella


En la historia del cine hay películas excelentes que tratan el tema del alcoholismo y de otras adicciones. Voy a reseñar algunas de ellas.
 Hoy empezamos con una bien antigua. Realizada en 1945 por Billy Wilder, ganó cuatro Oscar en la edición de 1946. Protagonizada por Ray Milland y Jane Wyman, la primera esposa de Ronald Reagan.

La película se desarrolla durante un fin de semana, de ahí el título original “The lost weekend” que podría traducirse como “El fin de semana perdido”.
Don Birnam es un joven educado, apuesto, elegante. Pretende ser escritor pero la realidad es que no escribe nada porque toda su energía la dedica a buscar la forma de beber alcohol.
Vive con su hermano, que le mantiene y le cuida, tratando por todos los medios de que no beba. Pero por mucho que se esfuerce no lo consigue. Don es un experto en mentir y manipular situaciones para tener la ocasión y la posibilidad de beber. Y no desaprovecha ninguna.
Don tiene novia. Es una chica excelente, Helen, que trabaja en la revista Time y que está muy enamorada de él, a pesar de su problema con el alcohol.
Don y su hermano están preparando el equipaje para marcharse al campo a casa de unos familiares, pero la mente de Don está ocupada en otras cosas. Sólo piensa en beber alcohol y en no ser descubierto, ya que le tienen muy vigilado y controlado. No dispone de dinero y su hermano ha advertido a los bares del barrio de que no le sirvan alcohol.
A pesar de ello vemos que nuestro protagonista tiene una botella colgando por el exterior de la ventana, y aprovecha para beber a hurtadillas en cuanto tiene ocasión.
Cuando llega Helen para despedirse, Don se las ingenia para convencerla de que vaya con su hermano a un concierto antes del viaje. Habrá que retrasar la salida unas horas, pero no importa. Insiste tanto que una vez más se sale con la suya y en el momento que se queda solo empieza a beber de nuevo.
Como no tiene dinero, en cuanto se le acaba la botella que tiene escondida se empieza a poner nervioso, pero en ese momento llama a la puerta la señora de la limpieza que viene a recoger su paga semanal. Don ve el cielo abierto, pregunta a la mujer dónde le deja su hermano el dinero y en lugar de dárselo a ella se lo queda.
No le importa dejar a la señora sin su paga y sin que pueda hacer las compras que necesita. El sólo piensa en su próxima copa y ese dinero es el medio para conseguirla.
Cuando baja al bar, el dueño trata de disuadirle de que beba, pero no puede. Don le pide que le avise antes de que den las seis para volver con su hermano y coger el tren, pero llegado el momento está ya tan eufórico que no hace caso de nada y sigue bebiendo. Al final su hermano se marcha solo, muy decepcionado de nuevo. Siente que todo su esfuerzo está siendo inútil y que Don no tiene solución.
Don sigue bebiendo y contándole al camarero su idea de escribir una gran novela que le hará famoso. La titulará “La botella” y en ella relatará todo lo que vive una persona atrapada en la red del alcohol. En medio de su euforia alcohólica es capaz de imaginar la trama y se ve a si mismo como un escritor famoso y reconocido. Entonces sube al apartamento, se sienta en la maquina de escribir, pone una hoja de papel en ella y escribe el título y la dedicatoria. En ese momento se queda en blanco. No es capaz de teclear una sola palabra más.
Necesita beber algo para poder escribir - piensa - y recuerda que tiene una botella escondida en alguna parte. No sabe donde, pero tiene que estar en algún lugar. Empieza a buscar por la casa, abre armarios, vacía cajones, mueve los muebles, y acaba dejando la casa hecha un desastre, y la botella sin aparecer. Su ansiedad va en aumento. Se muere por una copa. Y de pronto ve la solución. La máquina de escribir es su única pertenencia. Así pues sale con ella y busca un lugar para empeñarla y conseguir unos dólares que le servirán para tomar esas copas que ahora siente que necesita más que el aire que respira.
“Una copa es demasiado, cien no son suficiente” le dice el dueño del bar en un último intento de disuadirle de que siga bebiendo. Pero a Don ya no hay quién lo pare. Cuando se le acaba otra vez el dinero siente de nuevo la misma ansiedad y necesidad de beber.
Armándose de valor entra en un local muy elegante y pide varias consumiciones mientras espera el momento de conseguir el dinero para pagarlas. La ocasión se le presenta al ver a una pareja en la mesa de al lado que están tan ensimismados el uno con el otro que no se dan cuenta de que Don se apropia del bolso de la muchacha y se va al servicio para extraer de él unos dólares robados. Al salir del baño se da cuenta de que ha sido descubierto. Es expulsado por la fuerza del bar entre insultos y burlas, pero habiendo conseguido lo que quería: beber.
A continuación acude a casa de una amiga, una mujer que estaría encantada de salir con él, a pesar de los desplantes que Don le hace sin cesar, pero en este momento él sólo piensa en el dinero que puede pedirle prestado para seguir bebiendo. Ella se lo da y él continúa bebiendo más y más.
Entonces se tropieza, cae por una escalera y cuando despierta se da cuenta de que una ambulancia le ha llevado a un hospital, a la planta donde ingresan a las personas que se encuentran en la calle en estado de intoxicación alcohólica. Horrorizado por verse allí, por la posibilidad de que se llegue a saber dónde ha terminado y por lo que ve en las demás personas allí recogidas, quiere salir de ese lugar lo antes posible. No puede. No se le permite salir hasta que un familiar le recoja. Y como eso no lo quiere bajo ningún concepto se las ingenia para escapar.
Al salir lo primero que hace es buscar una tienda de licores. Está amaneciendo y están empezando a abrir. Cuando encuentra una abierta, entra y se lleva una botella sin pagarla, tras amenazar al dueño.
Vuelve a casa, agotado y derrotado. Sin dinero, sin dignidad. Abre la puerta y ve los destrozos que ha causado en el apartamento cuando buscaba la botella desaparecida. Enciende la luz y se deja caer en la cama. Ya no tiene fuerzas para más. Pero al mirar hacia arriba ve una sombra que le llama la atención. La botella está oculta en la lámpara del techo. De repente siente una enorme sensación de alivio y se hace con la bebida. Se la toma a toda prisa y pronto cae en una especie de letargo en el que pasa unas cuantas horas.
Al despertar le llama la atención un ratoncito que asoma la cabeza por un agujero en la pared que hay frente a él, a media altura. Le parece tierna la imagen y sonríe al verla, pero pronto ve también a un enorme pájaro negro que revolotea por la habitación. Se asusta. Se angustia. No puede moverse del sofá y siente al pájaro volando sobre su cabeza, se siente amenazado. Grita, llora, gime. Entonces ve al ave lanzarse en picado hacia el ratón, atacarle y matarle.
La visión no es más que una alucinación, un delirio provocado por el alcohol, pero Don lo vive como si fuera real. El ratón grita desesperado y Don también grita lleno de angustia hasta que, agotado, cae de nuevo en un estado de inconsciencia.
Se despierta al escuchar a Helen que intenta abrir la puerta y entrar en el apartamento. Don se levanta e intenta impedírselo echando la cadena de seguridad, pero el cuerpo no le responde y cae al suelo antes de lograrlo. Cuando ella logra entrar hablan un rato largo. Helen trata de ayudarle, de apoyarle, de comprenderle, y al cabo de un rato acaba quedándose dormida. En ese momento Don aprovecha para salir del apartamento llevándose el abrigo de piel de su novia. Ella se da cuenta y le sigue, viendo que entra en una casa de empeños y sale sin el abrigo. Se enfrenta con él, discuten y Don acaba diciéndole que le deje en paz y que no quiere saber nada más de ella.
Helen entra en la tienda de empeños y descubre que Don no ha pedido dinero a cambio del abrigo. Lo que ha hecho es rescatar una pistola que había empeñado tiempo atrás. Helen comprende que está pensando en suicidarse y va tras él. Consigue llegar al piso cuando Don está a punto de volarse los sesos y, milagrosamente, consigue que cambie de idea, que vea sentido a su vida y que deje el alcohol. Un final feliz en el que el amor triunfa sobre la adicción.


Bernardo Ruiz Victoria
Psicólogo Clínico

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