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miércoles, 5 de agosto de 2015

Rompiendo moldes (I)

Una de las cosas que siempre me han sorprendido de los centros de desintoxicación y rehabilitación de pacientes alcohólicos, o adictos a otras substancias, es el hecho de que sean tratados como si fueran “presuntos delincuentes”.

Me explico.

Al llegar al centro el paciente se suele ver privado de muchas cosas. Se le retira el dinero, el teléfono, a veces el reloj, etc. Se le revisa el equipaje para comprobar que no lleva bebidas alcohólicas de contrabando, o bien otras substancias “prohibidas”. Se le aplican multitud de limitaciones a la hora de recibir visitas, hacer o recibir llamadas telefónicas, y muchas otras cosas.

Con todo esto, el paciente se siente en un entorno un tanto opresivo, en el que sus decisiones personales están muy limitadas por unas normas que pocas veces entiende. Y esta sensación es muy desagradable para algunos, lo cual les lleva a veces a tomar la decisión de abandonar el tratamiento, o bien de “hacer trampas” y buscar la forma de saltarse las reglas.

En el Programa Victoria no actuamos así.

Nuestros pacientes se alojan en un hotel, son unos clientes como cualquier otro. No se sienten vigilados y constreñidos por normas impuestas.

Participan en las sesiones de terapia porque para eso han venido, y no beben durante su estancia porque para seguir bebiendo no necesitaban venir, podían seguir haciéndolo en su casa. Esto se lo explicamos desde el minuto uno, y actuamos en consecuencia.

Durante los diez días de su terapia conviven con otras personas que están en el mismo hotel por distintos motivos, se acostumbran a beber agua en sus comidas cuando en la mesa de al lado puede haber otras personas tomando vino, cerveza o lo que quieran, y son atendidos por camareros que actúan con ellos de un modo exactamente igual a lo que se encontrarán cuando vuelvan a la vida cotidiana después de su terapia.

Esta parte del Programa Victoria es un entrenamiento práctico que facilita mucho la toma de conciencia de que es posible y es fácil disfrutar de la vida sin alcohol. Es lo que llamamos la “terapia informal”. Lejos de sesiones estructuradas, que también las hay, en un ambiente distendido y relajado como puede ser la comida o la cena, donde el terapeuta comparte mesa y conversación con los pacientes, éstos cambian profundamente de actitud y modifican su comportamiento de una forma sorprendentemente fácil.

No es necesario tener un sistema de vigilancia y control del comportamiento de los pacientes para evitar que beban a escondidas o se droguen. Cuantas más normas y controles se pretendan poner más se induce a los pacientes a intentar saltárselas.

Al tratarlos como adultos responsables tienen la sensación de que son ellos los que deciden cada uno de sus comportamientos, e interiorizan que tienen la capacidad de mantenerse sin beber en cualquier situación.

Esta es una de las características del Programa Victoria que rompe moldes y que sorprende a los que conocen otros métodos “tradicionales” de tratamiento. Tenemos algunas otras, pero las comentaré en otra ocasión.

Bernardo Ruiz Victoria
Psicólogo Clínico

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