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lunes, 9 de enero de 2017

Tropiezos y Recaídas

Esta mañana he tenido una sesión de seguimiento con uno de mis pacientes del Programa Victoria.

Me cuenta que la pasada nochebuena salió por la noche, después de cenar, y bebió dos cervezas en un periodo de varias horas, sin que llegara a sentir el efecto del alcohol, ni embriagarse ni tampoco ha seguido bebiendo desde entonces.

Toda Recaída empieza por un tropiezo como este, aunque no todos los tropiezos terminan en una Recaída en toda regla.

Con esto no pretendo quitar importancia al error que supone darse "permiso" para beber un día, sino destacar el hecho de que la recaída es un proceso con varias etapas, y que en todas ellas se puede intervenir.


Mi paciente es consciente de que ha cometido un error. Y yo he aprovechado la ocasión para recordarle que así ha sido. U
n grave error, una conducta de alto riesgo, por lo demás totalmente innecesaria. El hecho de que no haya tenido mayores consecuencias es precisamente el peligro latente que tienen estas situaciones.

La mente adictiva puede empezar a actuar y hacerte creer que, dado que has podido beber dos cervezas sin perder el control un día determinado, tal vez podrías repetir de vez en cuando sin caer de nuevo en el descontrol.

Ahí es donde empieza el segundo error, que puede conducir a la Recaída en toda regla. 

Cuando transgredes el objetivo de abstinencia es porque has hecho algo mal, o más bien has dejado de hacer aquello que te mantenía en sobriedad. Eso es lo importante. Analizar por qué te has dado permiso para romper el compromiso que tenías contigo mismo de mantener la abstinencia.

Si no ha habido graves consecuencias es porque has tenido mucha suerte. Es como si te saltas un semáforo en rojo y no sucede nada. Has tenido suerte de no tener un accidente o de no recibir una multa, pero eso no quita que hayas cometido un acto altamente peligroso para su seguridad personal y la de otros.

Lo mismo sucede cuando se da un consumo de alcohol, o de otras drogas, después de un periodo más o menos largo de abstinencia. 

Lo único inteligente, seguro y racional es seguir sin beber. Mantener la sobriedad y seguir alimentando tu bienestar interior con todo lo que has aprendido durante tu terapia en el Programa Victoria.

Por un nuevo año de vida en libertad, en sobriedad y sin recaídas para todos.

Bernardo Ruiz Victoria
Psicólogo Clínico
www.programavictoria.com

miércoles, 8 de abril de 2015

Qué decir a un paciente que demanda Antabús

Ayer estaba charlando con mi amigo Salvador, médico de familia, y me comentaba un caso que se le da con cierta frecuencia. Un paciente se le presenta y le pide que le recete Antabús o Colme porque quiere dejar de beber.

Cuando una persona plantea esa demanda está asumiendo de una forma expresa que reconoce tener un problema con el alcohol y que necesita ayuda, porque no se siente capaz de mantenerse sin beber por sus propios medios.

En estos casos, el médico tiene una oportunidad de oro para encaminar a este paciente de una manera correcta hacia un tratamiento especializado, ayudándole a entender que su problema no se va a solucionar simplemente tomando un fármaco que le va a inducir un cierto “miedo” a beber, por las consecuencias graves que puede tener el consumo de alcohol cuando se ha tomado una de tales medicinas.

Estamos acostumbrados a buscar soluciones rápidas, simples y en cierto modo “mágicas”, y para muchas personas el Antabús o el Colme entran en estas categorías.

Si bien es cierto que un fármaco como éstos puede ser una pequeña ayuda para lograr una abstinencia por un tiempo limitado, hay que ser consciente de que todo paciente adicto necesita una terapia psicológica específica para entender por qué su conducta de beber ha pasado de ser algo voluntario y moderado a ser algo excesivo, descontrolado y, en cierto modo, involuntario, ya que el propio paciente se avergüenza muchas veces de lo que ha hecho cuando se le ha ido la mano bebiendo.

El momento más crítico para ayudar a una persona adicta a superar su dependencia es precisamente aquél en que reconoce su necesidad de recibir ayuda. Este momento suele ser breve y transitorio, y si no lo aprovechamos puede que tarde meses en volver a aparecer la ocasión de que esta persona acepte iniciar un proceso terapéutico en serio.

Por lo tanto, a mi amigo Salvador, y a todos los médicos que un día se encuentren con un paciente que le pida “una medicina para no poder beber alcohol” les recuerdo que tienen en sus manos una ocasión de oro y una responsabilidad grande. Pueden ayudar a esa persona a replantearse su demanda de ayuda y derivarlo hacia un especialista en la materia  - modestamente pienso que el Programa Victoria es una excelente opción en estos casos - o pueden entrar en el juego engañoso del paciente y prescribirle sin más el fármaco que, antes o después será abandonado y el paciente volverá a las andadas.

Es lo que hizo mi amigo hace unos días con uno de sus pacientes que hoy está felizmente encaminado en su tratamiento. Gracias.

Bernardo Ruiz Victoria
Psicólogo Clínico
www.programavictoria.com

jueves, 15 de mayo de 2014

El alcohol y la ansiedad social

Desde el punto de vista psicofarmacológico, el alcohol es una substancia ansiolítica. Esto quiere decir que tiene un efecto sedante, calmante, que reduce la ansiedad momentáneamente.

Este es uno de los mecanismos de reforzamiento de la conducta de beber, que acaba llevando a convertirla en una conducta adictiva, es decir, difícil de controlar por parte de la persona adicta.

Si una persona padece, por ejemplo, de ansiedad en situaciones sociales. Imaginemos que le cuesta trabajo hablar con personas desconocidas, presentarse en público, hacer amistades, etc, y encuentra que bebiendo alcohol esa dificultad desaparece y se encuentra en un aparente estado de relajación en el que es capaz de hacer una vida social más adaptada, es muy probable que repita esa conducta en otras ocasiones y que durante un tiempo desarrolle la creencia de que el alcohol le ayuda a relacionarse socialmente.

El problema, por una parte, es que si recurres al alcohol para relajarte socialmente nunca vas a aprender a superar esa ansiedad social, o timidez, por medios naturales. De modo que cada vez va a ser más "necesario" beber en situaciones sociales, y como el alcohol va perdiendo efecto con el tiempo porque el cuerpo se va acostumbrando a él, habrá que beber más para conseguir esa pretendida relajación social, y así sucesivamente, hasta que lo que suele suceder es que la persona desarrolla una dependencia del alcohol al mismo tiempo que una incapacidad de hacer una vida social normal sin beber.

Mal camino es ese, que solo se puede solucionar tomando dos medidas importantes. Uno, dejar de beber. Dos, buscar una ayuda terapéutica para superar esas ansiedades sociales de un modo natural, desarrollando las propias facultades psicológicas que todos tenemos, y aprendiendo a hacerlo para que cada vez resulte más fácil.

En definitiva, como tantas veces repetimos, beber alcohol no resuelve ningún problema de forma eficaz. Tampoco ayuda a superar la timidez o la ansiedad social. Solo a encubrirla y disfrazarla, pero al mismo tiempo a hacerla cada vez mayor.


Bernardo Ruiz Victoria
Psicólogo Clínico
www.programavictoria.com

lunes, 12 de mayo de 2014

Intervención familiar

Hace unos días recibí en mi consulta por primera vez a Pablo. 

Su decisión ha venido motivada por el trabajo que previamente hemos hecho con su entorno familiar, en concreto con su esposa y con una de sus hijas, con las que he tenido varias sesiones preparatorias, las cuales han propiciado un cambio de actitud y de comportamiento, primero en ellas mismas, después en el resto de la familia y, por fin, en el propio paciente.

Las familias sufren mucho al sentirse impotentes ante el problema de la persona adicta que no quiere cambiar. También es frecuente que se sientan culpables de la adicción del otro y de que no sean capaces de hacerle cambiar.

En cambio, con unas orientaciones adecuadas, con un poco de paciencia y de constancia, se puede romper el muro de la negación y ayudar al paciente a iniciar el camino de su recuperación.

Pablo no ha hecho más que empezar. Pero el primer paso es siempre el más difícil y el más importante.

Confiemos en que a partir de ahora todo el sufrimiento que ha pasado esta familia se transforme en alegría y gozo por la liberación de esta esclavitud.


Bernardo Ruiz Victoria
Psicólogo Clínico

jueves, 10 de abril de 2014

Ayudar a los demás a cambiar

Uno de los problemas que nos encontramos con más frecuencia los terapeutas en adicciones es el de responder a la demanda de un familiar de un adicto que desea ayuda para que su ser querido deje el alcohol, o las substancias que consuma, y vuelva a una vida sana y equilibrada.

Suele ser mucho más fácil que los familiares, e incluso los amigos o compañeros de trabajo, se den cuenta de que la persona adicta está desarrollando un problema, que ella misma. El autoengaño, que es un elemento esencial de la enfermedad adictiva, se va gestando poco a poco y llega a ser tan grande que incluso se suele transmitir a los que rodean al adicto.

Los familiares con frecuencia se sienten culpables del comportamiento del otro y tratan de modificarlo. Unas veces lo intentan evitando situaciones que ellos creen que pueden inducir al adicto a beber. Otras veces tratan de controlar su conducta con enfados, críticas, castigos, etc. En algunas ocasiones hay quién se siente tentado de beber también a su lado, en un vano intento de hacer así que beba menos.

Con todos esos comportamientos, lo que normalmente sucede es que el problema empeora. Además la relación personal también suele deteriorarse por las tensiones que todo esto genera, y el familiar siente una mezcla de rabia, frustración, culpabilidad, etc. que tampoco le ayuda a estar bien psicológica y emocionalmente, con lo que tampoco es la mejor compañía para el enfermo, que tiende al aislamiento o a la huída para encontrarse a solas con su adicción, o en un entorno social en el que nadie le reproche lo que hace.

Es difícil aceptar, para un familiar que quiere sinceramente a su pariente adicto, que no puede hacer gran cosa para ayudarle. Que su familiar necesita ayuda profesional especializada. Y que animarle a seguir ese camino es casi lo único positivo que se puede hacer.

Cuando una persona tiene una fractura en una pierna, nadie dudamos de que necesita ir al médico y recibir el tratamiento adecuado en un centro especializado. No pensamos que es algo que podemos arreglar en casa, con una buena reprimenda o con una sobredosis de cariño.

La adicción también es una enfermedad. Es un proceso patológico por el cual el paciente va perdiendo poco a poco su libertad. Y necesita de un tratamiento adecuado, por parte de profesionales bien preparados, para conseguir el éxito terapéutico, que siempre será provisional porque el riesgo de recaídas nunca desaparece del todo.

Por eso la ayuda siempre debe ir enfocada a empujar, animar e incluso presionar para que nuestro ser querido se ponga en tratamiento. De lo contrario estaremos en cierto modo contribuyendo a que su adicción progrese y que las cosas empeoren.

Hablando de todo esto me permito recomendar una película dieron recientemente en TVE. Se llama Cuando el amor no es suficiente. "La historia de Lois Wilson"


Bernardo Ruiz Victoria
Psicólogo Clínico

jueves, 13 de marzo de 2014

Daños colaterales

Hace unos días me llamó una niña de catorce años preocpuada por su padre. Me contó que había estado leyendo varias páginas en internet, incluyendo la nuestra, y que se había dado cuenta de que su padre presentaba casi todos los síntomas que describimos en ellas como indicadores de que una persona pueda tener problemas con el alcohol.

Sus padres se separaron antes de que ella naciera, y ha tenido muy poca relación con su padre, pero a pesar de ello se siente en la obligación de ayudarle, aunque no sabe cómo.

Después de un rato de conversación y de hacerme unas cuantas preguntas, me dijo - ¿entonces no es culpa mía?

La pobre criatura había llegado a pensar que era ella la culpable de que su padre bebiera, de que la hubiera dejado antes de nacer y, en definitiva, de no sentirse querida por él.

Cuántas veces oigo a mis pacientes decirme "no, mis hijos son pequeños y no se han dado cuenta de nada". Y casi siempre es una nueva versión del autoengaño en el que viven los adictos. Como resultaría demasiado doloroso pensar que estamos haciendo daño a nuestros propios hijos, es mejor que creamos que no se han enterado de nada, porque nunca nos han visto en estado de embriaguez. 

¡Como si no fuera diferente una persona que tiene problemas con el alcohol los días que ha bebido de los días que no lo ha hecho.!

Los niños son daños colaterales que sufren las consecuencias de la adicción de los demás. No son los únicos, también los cónyuges, los padres, hermanos, e incluso amigos y compañeros de trabajo o de diversión pueden serlo también.

Espero que esta niña sea capaz de tocar el corazón de su padre y le ayude a inciar un cambio que le lleve a superar su adicción. Por el bien de ambos, y de muchos más.


Bernardo Ruiz Victoria
Psicólogo Clínico

martes, 25 de febrero de 2014

Guardar las apariencias

Una de las características de la mentira que envuelve todo el proceso adictivo es que, en muchas ocasiones, las personas adictas tratan de engañar a los demás, y de engañarse a si mismas, manteniendo en público un comportamiento moderado en relación con la bebida.

Hay quién es totalmente abstemio en público. Esto se suele dar con más frecuencia en el caso de las mujeres, sobre todo las que se han criado en una sociedad que es mucho más crítica con la embriaguez femenina que con la masculina, pero también hay hombres que caen en la misma trampa.

Estas personas no beben nada en público, o lo hacen de una manera extremadamente moderada, haciendo creer a quienes no les conocen en profundidad, que son personas totalmente indiferentes al alcohol. En cambio, estas mismas personas, cuando están a solas, beben a escondidas buscando precisamente el efecto embriagador del alcohol para calmar su malestar interior.

Algunos lo hacen en su casa, cuando se quedan a solas, pero otros lo hacen yéndose lejos de su entorno social habitual. Acuden a establecimientos lejanos de su barrio o de su pueblo, entran en lugares donde nunca esperan encontrarse a nadie de sus círculos sociales habituales, y creen con eso que están evitando de la crítica social que suponen que tendrían si alguien los viera bebiendo en público tal y como lo hacen a escondidas.

Curiosamente, me encuentro con frecuencia pacientes que están más preocupados por el hecho de que alguien se entere de que están acudiendo a terapia para dejar su adicción que por el hecho de haber podido ser visto cuando sus comportamientos eran totalmente desajustados bajo la influencia del alcohol, o de otras drogas.

Este guardar las apariencias no es sino otra forma de manifestarse el autoengaño que siempre está presente en la persona adicta, y del que es imprescindible liberarse si se quiere salir de verdad de la adicción.


Bernardo Ruiz Victoria
Psicólogo Clínico

jueves, 20 de febrero de 2014

¿Por qué no te decides?

Un día te levantas con una fuerte resaca. Te duele la cabeza, tienes la boca seca, no tienes idea de la hora que es, aunque supones que es tarde. Y te sientes mal.

Al levantarte para ir al baño intentas recordar qué pasó anoche. Y no lo tienes claro. ¿cómo volviste a casa? ¿te acompañó alguien? ¿dónde dejaste el coche? … te asaltan dudas y más dudas, pero de repente una fuerte náusea interrumpe tus pensamientos y te hace darte cuenta de que tienes el estómago contraído y dolorido.

Te ves la cara en el espejo y no te reconoces. Te echas un poco de agua para ver si mejora tu aspecto, pero nada. Aún peor. Ves con más claridad tus ojos vidriosos, sin brillo, tu piel con un color mortecino. Y piensas … ¿me habrá visto así alguien? ¿se habrá dado cuenta mi familia de cómo estoy?

Tu cabeza empieza a trabajar rápidamente buscando excusas, justificaciones y explicaciones que puedan dar algún sentido presentable a tu estado. Pero lo peor es que no recuerdas bien lo que hiciste anoche.  ¿y si conté algo al llegar a casa que ahora no recuerdo? ¿y si me contradigo ahora contando otra historia?

Y la ansiedad empieza a apoderarse de ti. Te dan ganas de meterte en la cama de nuevo y esperar que pase la tormenta. O mejor aún, te dan ganas de tomar una cerveza para calmar esos nervios que te están matando. Ya sabes que si lo haces te sentirás mejor y se acabará esa horrible resaca que tienes. Pero también piensas que vaya imagen de borracho vas a dar si lo primero que haces, antes de dar los buenos días, es ir a la nevera y abrirte una cerveza.

Pero no puedes permitir que te vean en este estado. ¿o ya te habrán visto? No recuerdas nada. Y es una sensación angustiante.

Alguien te dijo ya hace tiempo que tu forma de beber no es normal, que tienes un problema, que se te va de las manos. Y que necesitas ayuda. En algún sitio tienes guardado un teléfono al que te dijeron que llamaras para ponerte en manos de profesionales que te ayuden. 

Pero ¿qué me va a decir un médico o un psicólogo que yo no sepa? Beber mucho no es bueno, ya lo sabemos. Pero yo lo controlo. Que hoy me haya pasado un poco no significa nada. 


Y así, suma y sigue, hasta que un día las cosas se ponen imposibles y te propones cambiar. ¿por qué no te decides hoy mismo? 


Bernardo Ruiz Victoria
Psicólogo Clínico

jueves, 16 de enero de 2014

Las trampas de la mente adictiva

Viene a verme a la consulta Javier, 40 años, ex adicto a la cocaína. Actualmente lleva ocho años sin consumir, tras un tratamiento en una Comunidad Terapéutica. Regenta un negocio propio y le va bien económicamente.

Pero hablando de una cosa y otra me cuenta que de vez en cuando consume lo que él llama “drogas recreativas”. Se refiere a drogas sintéticas, o a ketamina, las cuales consume esporádicamente cuando sale de fiesta con sus amigos, o cuando sale solo en busca de pareja.

Me quiere convencer de que no tiene nada que ver con sus consumos anteriores y que no hay ningún peligro, porque los efectos son diferentes y porque esto “lo controla”.

Se justifica en el hecho de que es muy tímido y que estas drogas le ayudan a abrirse socialmente y facilitan sus relaciones.

Precisamente por eso, le digo, está cayendo en la trampa de la mente adictiva. Si recurres a una substancia química para modificar tu estado de ánimo, en este caso para superar tu timidez, en realidad estás consiguiendo el efecto contrario. Nunca dejarás de ser tímido si tu única manera de vencer la inseguridad y el retraimiento social es ponerte artificialmente bajo los efectos de una substancia adictiva que te cambia la percepción de la realidad.

Da igual que sea una droga diferente de las que anteriormente utilizabas. Lo que importa es que sigue siendo una conducta tramposa. En lugar de afrontar directa y abiertamente el problema que te preocupa, en este caso la falta de habilidades sociales, recurres al “doping” para transformar tu estado de ánimo. Pero de esta manera nunca vas a aprender a superar tus miedos en inseguridades, sino más bien todo lo contrario, serás cada vez más tímido y más dependiente de las substancias que utilices para cambiar tu estado mental.
Este es un ejemplo claro de cómo actúa la mente adictiva. Siempre tratando de engañarnos y de llevarnos de vuelta al consumo de substancias que nos devuelvan al círculo vicioso de antes.

No olvidemos que la adicción, una vez creada, se mantiene de una forma u otra en el cerebro del adicto. Podemos neutralizarla siempre que no consumamos de nuevo las substancias que la originaron, pero tampoco podemos autoengañarnos pensando que otras drogas van a darnos ciertos “beneficios” sin volver a activar de nuevo la conducta adictiva y todos los problemas que la acompañan.

Es más sensato, más inteligente y mucho más seguro vivir libre de adicciones. Y si tienes algún problema psicológico, o médico, o de cualquier otro tipo, recurre a los profesionales que te pueden ayudar a superarlos de verdad, y no a la falsa solución mágica que las drogas prometen, pero que nunca cumplen.


Bernardo Ruiz Victoria
Psicólogo Clínico

jueves, 28 de noviembre de 2013

Las mil y una excusas

Cuando uno tiene problemas de adicción no le faltan excusas y justificaciones, más o menos baratas, para beber.

Es que he tenido un problema con mi ex, me cuenta uno de mis pacientes. Se ha dado cuenta de que le he estado mintiendo mucho tiempo y se ha molestado conmigo. Lleva varios días sin hablarme. ¡Con lo bien que estábamos la semana pasada!Así que me he sentido muy mal, me he hundido y he vuelto a beber. Claro que la culpa también es de mi hermano, que también tiene problemas con el alcohol y fue él quién compró la bebida y la trajo a mi casa. ¿Qué le iba a hacer yo? 

Visto así, parece que uno no tiene ninguna responsabilidad, ni tampoco ninguna alternativa. Uno es simplemente víctima de sus circunstancias, como una hoja que el viento lleva de un lado para otro.

El adicto se siente más cómodo con esa sensación de víctima. Yo no soy responsable de nada, qué podría yo hacer. Y así nos justificamos maravillosamente para seguir bebiendo y cometiendo los mismos errores, como si no fuéramos nosotros mismos lo que tomamos nuestras propias decisiones.

Decir que no siempre es una alternativa. No digo que sea fácil, ni siquiera que sea lo más fácil. En ocasiones es difícil y complicado sobreponerse a la tentación de dejarse llevar por la fugaz satisfacción inmediata de ese momento, que luego se transforma en culpabilidad, sufrimiento y lamentos. Por eso es mejor echarle la culpa a otro y no asumir que mis decisiones las tomo yo, y que en mi mano está cambiar.

Se acabaron las excusas. Hoy quiero seguir sin beber. Me siento mejor sin beber. Este es mi deseo y mi decisión. Y así sera.

Probemos a hacerlo de esta manera, y veremos como las cosas van mejor. Quizá tarden un poco más de lo que nos gustaría en mejorar, pero lo harán.


Bernardo Ruiz Victoria
Psicólogo Clínico

jueves, 18 de julio de 2013

Normas terapéuticas

Siempre me ha sorprendido el hecho de que en la inmensa mayoría de los tratamientos para la adicción se trata a los pacientes como si fueran “presuntos delincuentes”.

Me refiero, por ejemplo, a que al ingresar en el centro lo primero que se hace es registrar sus pertenencias para verificar que no introducen alcohol o drogas en su equipaje, se les retira el dinero, el teléfono, a veces también la documentación y hasta el reloj.

En algunos lugares incluso están cerrados con llave y no tienen prácticamente libertad para hacer nada sin permiso de los cuidadores o terapeutas.

Seguramente la idea que hay detrás de tales restricciones es que los pacientes adictos no son fiables, mienten con frecuencia, tienden a hacer trampas, etc. Y con tales controles se pretende evitar consumos y problemas indeseados.

Mi sorpresa viene porque en nuestro Programa Victoria no actuamos así. Nuestros pacientes no se ven privados de su libertad de movimientos. Lógicamente hay unas mínimas normas que cumplir: participar en todas las sesiones terapéuticas, respetar los horarios, no salir del recinto del hotel donde se alojan durante la terapia, mantener el teléfono móvil en su habitación y usarlo lo mínimo imprescindible, y lógicamente, no beber alcohol ni consumir otras drogas.

Pero todo esto lo planteamos como un marco lógico de actuación terapéutica, no como unas restricciones que se imponen coercitivamente. Y por extraño que pueda parecer a algunos, la respuesta de los pacientes es muy positiva. Al tratarlos como seres responsables de su propio proceso terapéutico se dan cuenta del absurdo que sería ir contra sus propios intereses, y al no tener normas rígidas, ni vigilantes para impedirles saltárselas, dejan de pensar en cómo transgredirlas y empiezan a actuar de una forma correcta y beneficiosa para tu tratamiento.

Si la adicción se caracteriza por la falta de libertad a la que el sujeto llega por su dependencia del alcohol o de la substancia que sea, no podemos pretender que la recupere si no se le permite ejercerla.

Naturalmente hay gente para todo, y es probable que en algunos casos no haya más remedio que aplicar más control externo a ciertos pacientes, pero creo que para la mayoría es mejor transmitirles responsabilidad, confianza y seguridad en si mismos porque estos valores van en la dirección adecuada de una vida libre de adicciones.


Bernardo Ruiz Victoria
Psicólogo Clínico

miércoles, 26 de junio de 2013

Mañana lo dejo

Los adictos siempre tienen buenas "razones" para justificarse a si mismos y seguir con su comportamiento autodestructivo.

Cuando las cosas se ponen feas, por uno u otro motivo, se hacen a si mismos la promesa solemne: "mañana lo dejo". A veces incluso se lo cuentan a otros. Me viene a la memoria ahora una escena de la película "Buscando a Amanda" en la que el protagonista, un adicto empedernido al juego, al alcohol y a todo lo que se le ponga por delante, dice a una camarera en un casino de Las Vegas: - tráigame dos copas porque a continuación voy a dejar de beber -. (Lo que sucede a continuación lo dejo en suspenso para animar a ver la película).

El caso es que uno lo va dejando para mañana, pero ese mañana nunca llega.

Hasta que un día pasa algo lo suficientemente grave como para tomar una determinación por fin. La semana pasada, por ejemplo, me vino a la consulta un paciente que lleva muchos años ya de carrera alcohólica. Y que ha dicho muchas veces "mañana lo dejo", pero que ha tenido que llegar el día en que ha tenido un accidente de tráfico, una pelea con la policía, un juicio, y una condena a 18 meses de prisión, que por suerte no va a cumplir en la cárcel sino en libertad condicional, para aceptar el hecho de que tiene un problema adictivo y de que necesita ayuda.

Y todo ello a pesar de que su propio padre, y un hermano más joven hace años ya que acudieron a nosotros por los mismos problemas y llevan una vida libre de adicciones desde entonces.

Aún así, su "mañana lo dejo" ha sido tan fuerte que ha tenido que estrellarse contra la pared para reaccionar.

Esperemos que ahora aprenda la lección, siga el tratamiento y empiece a vivir con la alegría de la libertad.


Bernardo Ruiz Victoria
Psicólogo Clínico

miércoles, 24 de abril de 2013

Mañana lo hago


Una de las cosas que caracterizan la conducta de la persona adicta es la de postergar las decisiones correctas, dejarlo todo para mejor ocasión (la que no llega nunca) y seguir manteniendo vivo el problema un día tras otro.
 
Por ejemplo, un día se levanta uno con una fuerte resaca, con una sensación de angustia creciente al recordar lo que hizo la noche anterior, o peor aún, por no acordarse de nada. Entonces piensa: esto no puede seguir así, tengo que hacer algo, tengo que dejar de beber porque así estoy arruinando mi vida, o cosas por el estilo.
 
Pero después de una ducha, y tal vez de una cerveza, las cosas empiezan a verse de otro modo.
 
- Si, creo que no debo seguir así, pero lo malo fue que me dejé llevar por los amigos que no paraban de insistir para tomar una copa más, la penúltima siempre dicen. De modo que voy a intentar salir menos con ellos, y desde luego, no volver tan tarde a casa. Si, eso es lo que voy a hacer. Claro que mañana es el cumpleaños de Pedro, y menudas fiestas suele organizar este, como para perdérmela. Y la semana que viene tenemos el partido de la Champions. Bueno, a partir del mes que viene empezaré a llevar una vida más ordenada. Eso es lo que voy a hacer.
 
Pero cuando llega el comienzo del mes, seguro que vuelve a haber otro cumpleaños, o una boda, o una despedida. Tal vez otro partido, un mundial o una olimpiada. Y si ha terminado el fútbol, empieza el ciclismo.
 
Bueno, mejor será dejarlo para después del verano, porque no me voy a pasar el verano de secano, con todos mis amigo poniéndose morados a cervezas. No, no. Empezaré pasadas las vacaciones, y entonces me lo tomaré en serio.
 
Y así día tras día, mes tras mes, hasta que un día las cosas revientan por algún lado.
 
Dejarlo para mañana no es una buena idea, además es un síntoma de falta de autocontrol, de poco compromiso con uno mismo, y muchas veces no se sino una señal más de lo atrapado que está el sujeto en su adicción.
 
Si el alcohol se ha convertido en un problema, hoy es el momento de actuar. No mañana. Y mucho menos el mes que viene.
 
Bernardo Ruiz Victoria
Psicólogo Clínico

viernes, 15 de marzo de 2013

Negar la evidencia



Siempre digo que la adicción es la enfermedad de la mentira. Y también de la soberbia. Uno llega a engañarse tanto a si mismo, y a tratar de engañar tanto a los demás que termina casi por creerse sus propias mentiras y no ser capaz de distinguir la realidad de la imaginación.

En estos días se está juzgando a un famoso torero que causó la muerte de un conductor con el que colisionó frontalmente, saliendo él mismo vivo de milagro del accidente.

El caso es que al analizar su sangre en el hospital, mientras los médicos trataban de salvarle la vida, se descubrió que tenía una concentración de alcohol en sangre, lo que conocemos por grado de alcoholemia, varias veces superior al límite legalmente establecido para conducir.

En cambio, a pesar de la evidencia fáctica, el sujeto continúa afirmando que él no bebió nada, o en el peor de los casos que se mojó ligeramente los labios con un poco de cava.

El alcohol en la sangre no aparece por generación espontánea, no surge de la nada. Una concentración tan alta de alcohol en sangre solo puede venir de una ingesta de bebidas alcohólicas, pero aún así nos encontramos con un sujeto que lo niega y lo niega.

A mi me recuerda casos que he vivido en la consulta. Pacientes que niegan su consumo de alcohol incluso frente al resultado de un alcoholímetro aplicado varias veces seguidas. Y nada, que yo no he bebido.

Si el paciente se baja del burro, reconoce que tiene un problema y acepta ponerse en tratamiento, acaba confesando la verdad y asumiendo que había bebido esa vez, y muchas otras en la que lo había negado hasta la saciedad.

Y es que la mentira es parte esencial de la enfermedad adictiva, y uno de sus síntomas más frecuentes.

Para salir de la adicción hay que romper el círculo vicioso de las mentiras y los autoengaños. Y para eso hace falta valentía, honestidad, y sobre todo, ayuda terapéutica.


Bernardo Ruiz Victoria
Psicólogo Clínico
www.programavictoria.com

martes, 12 de marzo de 2013

Noticias estremecedoras



Hoy me ha llamado la atención una de las noticias de la televisión. Un bebe ha sido ingresado en un hospital con síntomas de maltrato físico y tras hacer unas averiguaciones se ha comprobado que la madre padece problemas de alcoholismo y que admite "no haber tratado bien al niño"

La violencia doméstica es una de las consecuencias que tiene el abuso del alcohol. La mayoría de las veces se manifiesta en los malos tratos hacia el cónyuge, porque uno de los efectos del alcohol es el de eliminar las inhibiciones e impedir el control racional de nuestros actos, y por eso la violencia se desata muchas veces cuando la persona está bajo los efectos de la bebida.

En otros casos, como puede ser el que nos ocupa hoy, no solo hay esta falta de autocontrol racional, sino también otro de los efectos perniciosos del alcohol, a saber: el descuido de las responsabilidades de cada uno.

Si hay algo que todas las mujeres llevan grabado en su adn es el cuidado de sus propios hijos, es algo que la naturaleza nos proporciona para la propia supervivencia de la especie humana.

En cambio, bajo los efectos del alcohol, puede una madre llegar a producir daños en su bebe que le hagan necesitar de tratamiento en un hospital. Parece increíble, pero hasta ahí puede llegar a trastornar el alcohol a una persona.

Y luego que nos digan que beber un poco es bueno para la salud, que lo recomiendan los médicos, y esas cosas que se oyen de vez en cuando.

Bernardo Ruiz Victoria
Psicólogo Clínico
www.programavictoria.com