lunes, 29 de abril de 2013

Indecisión


Un día me llama un paciente para interesarse por el Programa Victoria. Quiere saber en qué consiste la terapia, si es adecuada para él, qué garantías de éxito tiene, y todo parece dejarle satisfecho.

Como siguiente paso le planteo que me envíe un correo electrónico con sus datos personales y que me llame de nuevo al día siguiente para ver cómo está y seguir avanzando en los preparativos de la terapia.

Y ahí, muchas veces, se pierde la pista.

Hay casos en los que, pasados unos meses, o incluso unos años, el paciente vuelve a dar señales de vida.

Me suele contar que lo ha estado intentando por su cuenta, que no pensaba que su caso era tan grave como para hacer un tratamiento así, que tenía miedo a lo que pudieran pensar de él sus allegados si se enteraban de que iba a tratarse de su adicción. Y otras justificaciones por el estilo.

Al final, si se deciden a seguir adelante con el Programa Victoria, suelen comentar todos lo mismo: "ojalá hubiera venido antes, si yo hubiera sabido que esto era así y lo bien que me iba a sentir, me hubiera decidido la primera vez"

La indecisión, el miedo al cambio, la creencia de que sin beber la vida no va a tener gracia ... y cosas por el estilo no son otra cosa que síntomas de la propia enfermedad adictiva, que llevan al paciente a engañarse a si mismo de una u otra manera y postergar su puesta en tratamiento, y en definitiva retrasar su recuperación.


Bernardo Ruiz Victora
Psicólogo Clínico
www.programavictoria.com

miércoles, 24 de abril de 2013

Mañana lo hago


Una de las cosas que caracterizan la conducta de la persona adicta es la de postergar las decisiones correctas, dejarlo todo para mejor ocasión (la que no llega nunca) y seguir manteniendo vivo el problema un día tras otro.
 
Por ejemplo, un día se levanta uno con una fuerte resaca, con una sensación de angustia creciente al recordar lo que hizo la noche anterior, o peor aún, por no acordarse de nada. Entonces piensa: esto no puede seguir así, tengo que hacer algo, tengo que dejar de beber porque así estoy arruinando mi vida, o cosas por el estilo.
 
Pero después de una ducha, y tal vez de una cerveza, las cosas empiezan a verse de otro modo.
 
- Si, creo que no debo seguir así, pero lo malo fue que me dejé llevar por los amigos que no paraban de insistir para tomar una copa más, la penúltima siempre dicen. De modo que voy a intentar salir menos con ellos, y desde luego, no volver tan tarde a casa. Si, eso es lo que voy a hacer. Claro que mañana es el cumpleaños de Pedro, y menudas fiestas suele organizar este, como para perdérmela. Y la semana que viene tenemos el partido de la Champions. Bueno, a partir del mes que viene empezaré a llevar una vida más ordenada. Eso es lo que voy a hacer.
 
Pero cuando llega el comienzo del mes, seguro que vuelve a haber otro cumpleaños, o una boda, o una despedida. Tal vez otro partido, un mundial o una olimpiada. Y si ha terminado el fútbol, empieza el ciclismo.
 
Bueno, mejor será dejarlo para después del verano, porque no me voy a pasar el verano de secano, con todos mis amigo poniéndose morados a cervezas. No, no. Empezaré pasadas las vacaciones, y entonces me lo tomaré en serio.
 
Y así día tras día, mes tras mes, hasta que un día las cosas revientan por algún lado.
 
Dejarlo para mañana no es una buena idea, además es un síntoma de falta de autocontrol, de poco compromiso con uno mismo, y muchas veces no se sino una señal más de lo atrapado que está el sujeto en su adicción.
 
Si el alcohol se ha convertido en un problema, hoy es el momento de actuar. No mañana. Y mucho menos el mes que viene.
 
Bernardo Ruiz Victoria
Psicólogo Clínico

miércoles, 17 de abril de 2013

La importancia de decir "no bebo"


Cuando una persona toma la sabia decisión de dejar de fumar, no solo empieza a sentirse mejor a los pocos días, sino que todo el mundo se lo nota y aplaude su decisión. Además, el fumador que deja de serlo se siente orgulloso de su cambio y dice con alegría y convicción “he dejado de fumar”, despertando admiración y apoyo en la gente que le rodea.

En cambio, con el alcohol las cosas son muy diferentes.

Cuando una persona deja de beber no suele resultarle fácil decirlo con naturalidad y convicción a todo el mundo. Ni tampoco la gente acoge con entusiasmo al que deja de beber. Muchas veces hay comentarios del tipo - ¿pero estás enfermo? – que hacen sentir mal al que ha dejado de beber. Como si para dejar de beber fuera necesario estar enfermo y, por lo tanto, como si beber alcohol fuera simplemente uno de los grandes placeres de la vida a los que el pobre enfermo no tiene más remedio que renunciar.

Nada más lejos de la realidad. Cuando una persona es adicta al alcohol, ya está padeciendo la enfermedad adictiva, y precisamente la única manera de liberarse de ella es dejando de beber. Por lo tanto la razón para dejar de beber no es la de estar enfermo, en el sentido de padecer una enfermedad común para la que el alcohol es perjudicial, sino todo lo contrario, la de estar sano y conservar la salud precisamente gracias a la sobriedad.

Pero hay otro aspecto importante del hecho de decir con claridad “he dejado de beber”. Al hacerlo uno se reafirma en su decisión, se compromete consigo mismo y se pone más fácil el seguir así, evitando las recaídas que siempre son un peligro latente en todas las adicciones.

Todos estamos mejor sin beber alcohol, y especialmente aquellos que han llegado a estar muy mal debido a sus efectos nocivos.


Bernardo Ruiz Victoria
Psicólogo Clínico

martes, 9 de abril de 2013

Emborracharse sin beber


La semana pasada vi en la televisión un reportaje sobre lo que presentaban como una nueva moda que se está difundiendo entre las mujeres jóvenes en España, que consiste en introducirse el alcohol en el cuerpo no por la boca, como es tradicional, sino a través de la vagina.

El procedimiento consiste en empapar un tampón en una bebida de alta graduación y acto seguido introducírselo en la vagina. Al hacerlo, el alcohol se absorbe rápidamente y pasa a la sangre produciendo un embriaguez muy rápida y muy intensa.

Naturalmente, dado que la vagina no está preparada para tales agresiones, se pueden producir serias lesiones en las mucosas debido a la acción del alcohol sobre ellas.

Pero la reflexión que yo quiero hacer aquí no va solo en relación a los daños físicos específicos que esta forma de introducirse alcohol en el cuerpo causa en el cuerpo humano, sino más bien hacia qué clase de procesos mentales pueden llevar a una muchacha a hacer semejante barbaridad.

En primer lugar está la búsqueda deliberada y rápida de la embriaguez, es decir, tomar el alcohol con el único objetivo que provocar un cambio de su estado emocional. Por eso no importa la clase de bebida, ni el modo de administrarla, el caso es sentir sus efectos lo antes posible.

El segundo aspecto es el de tratar de disimular el hecho de que se ha consumido alcohol. Al tomar el alcohol de esta forma no se produce el aliento alcohólico típico de la persona que ha bebido mucho, con lo que se puede pretender que a uno no se le va a descubrir por el olor que desprende.

Y el trasfondo de todo esto es que estas jóvenes creen que embriagarse es algo necesario, o al menos conveniente, para pasar un rato agradable y divertirse. Y ésta es una de las principales actitudes perniciosas que hay que combatir para evitar que sigan aumentando los problemas relacionados con el alcohol y otras drogas en nuestra sociedad.

La embriaguez es siempre un estado peligroso. Si se produce de forma involuntaria, porque uno ha bebido más de la cuenta en un evento social es malo, pero mucho peor es cuando la persona busca activamente esa embriaguez como si fuera algo bueno para ella en algún sentido. Entonces no es solo algo peligroso sino también una conducta gravemente irresponsable que puede acarrear consecuencias muy perniciosas para el propio sujeto que lo hace y para los que le rodean.

Cuando una persona recurre al alcohol o a las drogas para divertirse, es porque no sabe realmente disfrutar de las cosas positivas que todos tenemos a nuestro alrededor, y en nuestro propio interior, y buscan una evasión que no conduce a ninguna parte. En todo caso, al sufrimiento, al hospital, o a la muerte.

Bernardo Ruiz Victoria
Psicólogo Clínico
www.programavictoria.com

martes, 2 de abril de 2013

¿Miedo o confianza?


Hace unos días he recibido en la consulta a una mujer que ha seguido un tratamiento para su adicción al alcohol en otro centro terapéutico. Ha pasado tres meses ingresada, después otros seis meses en un piso tutelado, y cerca de un año más acudiendo a terapia a diario.

Curiosamente, a pesar de todo eso, me llega cargada de miedo e inseguridad en si misma. Teme tener una recaída si se aleja de ese régimen terapéutico, pero al mismo tiempo se siente agobiada, asfixiada, falta de libertad y deseosa de retomar su trabajo y su vida normal, sin volver a beber alcohol, obviamente.

Me llama mucho la atención que haya métodos terapéuticos que generen en los pacientes tanto miedo e inseguridad en sí mismos.

Creo que la esencia del problema adictivo es la pérdida de libertad que supone ser esclavo de una substancia, o más bien de un círculo vicioso de conductas adictivas, y que por lo tanto, para superar la adicción, el sujeto tiene que recuperar su libertad. Y difícilmente puede conseguirlo si el método terapéutico le transmite miedo, inseguridad y la creencia de que necesita seguir vinculado a la terapia porque de lo contrario va a recaer.

El Programa Victoria es radicalmente diferente en este aspecto. Tratamos de infundir en los pacientes confianza y seguridad en si mismos, enseñándoles a sortear los peligros de las situaciones de riesgo y a desarrollar actitudes y comportamientos que les permitan mantenerse sin beber en cualquier circunstancia.
Pero siempre basándose en la propia autoestima, en la confianza en si mismos, en la sensación de que son capaces de superar cualquier situación en la que se encuentren, y potenciando siempre la autoestima y la serenidad interior.

Aún así, hay gente para todo, y puede ser que cada método terapéutico tenga mejores resultados en unos casos que en otros.


Bernardo Ruiz Victoria
Psicólogo Clínico
www.programavictoria.com

martes, 26 de marzo de 2013

Caer y levantarse


Las recaídas son una pesadilla para todos los que trabajamos en adicciones. O al menos lo son para mi. Aunque no hay más remedio que aceptar el hecho de que van a producirse recaídas en algunos pacientes, por muy bien que hayan llevado a cabo su terapia, no deja de dolerme personal y profesionalmente enterarme de forma directa o indirecta de que uno de mis pacientes ha vuelto a beber.

Ayer tuve uno de esos casos, Juan, que lleva ya varios años de seguimiento terapéutico conmigo después de haber hecho el Programa Victoria, viene a la consulta y me confiesa que ha vuelto a tener una recaída. No es la primera, y espero que sea la última.

Como ya se sabe de memoria toda la "teoría", no en vano es un hombre inteligente, preparado intelectualmente y con una profesión de mucha responsabilidad, simplemente le hice una pregunta. ¿por qué me cuentas hoy que llevas un tiempo bebiendo y no me has llamado antes?

Y me contesta: porque si te hubiera llamado, probablemente no habría bebido.

Valoro su sinceridad, muestra de las contradicciones vitales en las que viven los adictos. El sabe perfectamente cómo detener las recaídas, en cambio, en lugar de hacerlo, se deja llevar por la tentación, y a continuación lo pasa fatal física y psicológicamente, por no hablar de los problemas domésticos que se generan.

La parte positiva de todo esto es que siempre se puede volver a empezar. Cada día empezamos de cero, y hoy es el día en el que tenemos que mantenernos en sobriedad. Día a día.

Y Juan parece ahora dispuesto a hacerlo y a retomar el contacto terapéutico conmigo. Espero que así sea.


Bernardo Ruiz Victoria
Psicólogo Clínico

viernes, 15 de marzo de 2013

Negar la evidencia



Siempre digo que la adicción es la enfermedad de la mentira. Y también de la soberbia. Uno llega a engañarse tanto a si mismo, y a tratar de engañar tanto a los demás que termina casi por creerse sus propias mentiras y no ser capaz de distinguir la realidad de la imaginación.

En estos días se está juzgando a un famoso torero que causó la muerte de un conductor con el que colisionó frontalmente, saliendo él mismo vivo de milagro del accidente.

El caso es que al analizar su sangre en el hospital, mientras los médicos trataban de salvarle la vida, se descubrió que tenía una concentración de alcohol en sangre, lo que conocemos por grado de alcoholemia, varias veces superior al límite legalmente establecido para conducir.

En cambio, a pesar de la evidencia fáctica, el sujeto continúa afirmando que él no bebió nada, o en el peor de los casos que se mojó ligeramente los labios con un poco de cava.

El alcohol en la sangre no aparece por generación espontánea, no surge de la nada. Una concentración tan alta de alcohol en sangre solo puede venir de una ingesta de bebidas alcohólicas, pero aún así nos encontramos con un sujeto que lo niega y lo niega.

A mi me recuerda casos que he vivido en la consulta. Pacientes que niegan su consumo de alcohol incluso frente al resultado de un alcoholímetro aplicado varias veces seguidas. Y nada, que yo no he bebido.

Si el paciente se baja del burro, reconoce que tiene un problema y acepta ponerse en tratamiento, acaba confesando la verdad y asumiendo que había bebido esa vez, y muchas otras en la que lo había negado hasta la saciedad.

Y es que la mentira es parte esencial de la enfermedad adictiva, y uno de sus síntomas más frecuentes.

Para salir de la adicción hay que romper el círculo vicioso de las mentiras y los autoengaños. Y para eso hace falta valentía, honestidad, y sobre todo, ayuda terapéutica.


Bernardo Ruiz Victoria
Psicólogo Clínico
www.programavictoria.com