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jueves, 14 de noviembre de 2013

Día sin Alcohol

Un año más llega el momento de reflexionar sobre el consumo de alcohol en nuestra sociedad. El Día sin Alcohol se ha creado con la idea de hacer una pausa en la vida cotidiana y planearnos por un momento cómo es nuestra relación con el alcohol, y con los problemas que su consumo inmoderado causa en la sociedad.

Nos encontramos ante una substancia adictiva, responsable de innumerables problemas de todo tipo y por todos conocidos. Accidentes de tráfico, problemas de salud, problemas en las relaciones familiares, conductas de violencia, etc. Y al mismo tiempo el alcohol habita en bebidas que consideramos parte casi consubstancial de nuestra vida y nuestra cultura. El vino, la cerveza, y otras bebidas alcohólicas que desde tiempos muy remotos forman parte de nuestras costumbres y tradiciones.

La sociedad tiene el difícil dilema de proponer un delicado equilibrio entre el arraigo cultural y social que tiene el consumo moderado de bebidas alcohólicas y el innegable efecto pernicioso que el abuso de alcohol ocasiona en muchas personas, y por ende, en el
conjunto de la sociedad.

Yo suelo decir a mis pacientes que más peligrosa que la propia bebida es la intención con la que se consume.

Una cerveza, o un vaso de vino, tomado como complemento de una comida, en un momento de vida social y encuentro con familiares o amigos, puede ser totalmente inofensiva. Mejor dicho. Aunque el alcohol que contienen tales bebidas siempre es un tóxico que nuestro cuerpo tiene que eliminar, en cantidades muy moderadas tenemos capacidad de neutralizarlo antes de que produzca unos daños significativos.

También es cierto que si aumenta la cantidad y la frecuencia de consumo, sea cual sea el contexto en el que se realice, podemos pronto superar los límites que nuestro organismo tiene para neutralizar el tóxico y llegar a causarnos daños físicos y de todo tipo en nuestra vida.

Pero lo más peligroso de todo es querer utilizar el alcohol, sea cual sea la bebida en la que lo consumamos, como un elemento que modifique nuestro estado de ánimo. Beber para superar la timidez, para ser más capaz de hablar en público, para desinhibirse, o para dejar de sentir un dolor emocional que la vida nos ha traído, es empezar a construir el camino de la adicción.

Cuántos pasos tiene que dar una persona por ese camino para llegar al punto de no retorno en el que se convierte en adicta al alcohol y empieza a perder su libertad y su capacidad de autocontrol es algo que nadie puede saber a priori. Pero lo que si sabemos es que las personas que no beben alcohol nunca llegan a ser adictas, y que las que lo hacen, a medida que perseveran en el consumo, sobre todo si las cantidades se alejan de la moderación, más van avanzando en un camino sin retorno.

Cuando una persona llega a la adicción, la única solución es aprender a vivir sin alcohol, y la mayoría de las veces, es necesario un tratamiento médico y psicológico para conseguirlo con garantías.

Por eso, lo mejor es vivir el Día sin Alcohol, no sólo hoy, sino todos los días de nuestra vida. O como segunda opción, tener un consumo mínimo, infrecuente y siempre alejado de buscar efectos psicológicos o emocionales en él.


Bernardo Ruiz Victoria
Psicólogo Clínico

lunes, 24 de septiembre de 2012

Verdades a medias, mentiras completas


Con frecuencia encontramos noticias acerca de los supuestos efectos “beneficiosos” que tiene para la salud el consumo de vino, cerveza, whisky, cava, o cualquier otra bebida alcohólica.

Lo primero que hay que decir con claridad que esos supuestos efectos beneficiosos, si fueran ciertos, serían debidos a la parte no alcohólica de las bebidas. Y que la toxicidad del alcohol que los acompaña suele ser mucho mayor.

Se dice que el vino tinto, por ejemplo, contiene “taninos”, y que su consumo es bueno para proteger el corazón. Puede haber algo de cierto en ello. Pero esos taninos están contenidos en la parte no alcohólica del vino. Y también está ampliamente demostrado que el alcohol es tóxico para el corazón.

De hecho, existen patologías concretas, como la miocardiopatía alcohólica, que son debidas en exclusiva al efecto tóxico del alcohol sobre el músculo cardíaco.
También es verdad que los estudios que avalan los supuestos efectos “beneficiosos” del consumo de bebidas alcohólicas siempre se refieren a ingestas muy moderadas. Esto es, a casos en los que la persona ha consumido a lo largo de los años una o dos unidades de alcohol diarias, (una unidad es un vaso de vino, una cerveza, etc. Los licores puntúan doble).

Aquí nos topamos de nuevo con otra gran mentira. Porque no otra cosa se puede decir de lo que no es sino una “verdad a medias”.

Si el consumo muy moderado de bebidas alcohólicas puede tener unos ligeros efectos beneficiosos para la salud de algunas personas, el hecho de convertir ese dato en titulares de prensa y en noticia de relevancia en todo tipo de medios de comunicación hace que se transmita el equívoco mensaje de que “el vino tinto es bueno para la salud”, o de que “el whisky es bueno para el corazón”, sin dejar claro cuáles son los límites de la moderación necesarios para que se pueda dar crédito a esa posibilidad.

Y ese efecto mediático es muy dañino para las personas que lo reciben, las cuales sacan conclusiones erróneas, y contrarias incluso al contenido literal de los estudios científicos que sirven de base a tales noticias.

El alcohol siempre resulta tóxico para la persona que lo consume. Y aunque el cuerpo humano es capaz de tolerar una pequeña cantidad, no por ello deja de ser una substancia nociva y peligrosa.


Bernardo Ruiz Victoria
Psicólogo Clínico